Sucedía como el rayo, -que diría M. Hernández-, en mi primer sábado salvadoreño que yacía en casa de Mario. Katya, él y yo. Nos sentamos en sus sofás de poco almohadón, sin televisor enfrente. Sólo una cadena de música que comenzó a canturrear Sabina. Y hablamos no recuerdo muy bien de qué. Seguro que de poesía. Mario cogió sus lentes cuadrangulares y un libro de poemas de Baudelaire que descansaba sobre la mesa. Recitó. Katya y yo bailábamos a la par de los versos sentados en el sofá. Finalizó con Baudelaire, se levantó y cogió un par de folios, o tres. Los amarró con fuerza y desgarró cada una de las palabras allí escritas. Se le hinchaban las venas del alma como si fuera suyo. Lo era. Prodigiosamente hermoso. Le pediré permiso para compartirlo con ustedes.
Cuando la carta de presentación de dos personas comienza gritando a Silvio en el bar, saboreando a Sabina en el salón y recitando a Baudelaire con la tenacidad de la tenue luz del apartamento, uno comprende que se ha topado con gente cultural. Y aprende. Mucho. Conversaciones que van desde la literatura revolucionaria de Kim Il Sung hasta los poemas de Roque Dalton. Eminentemente es gente de cultura. La excepción que siempre tiene alguna regla que romper.
En El Salvador la cultura está muy denostada. No porque haya déficit de artistas, ni de potenciales consumidores de arte sino por la ausencia de políticas públicas que potencien el arte y la cultura. Y es ante esta situación que Mario, Katya y otros amigos están planteando un proyecto virtual que consistirá en la creación de un portal web que aúne toda la agenda cultural del país a la par que sirva de trampolín para todos los artistas salvadoreños. Muy interesante. Habrá que desarrollarlo y rezar en náhuatl a los dioses mayas para que se encuentre financiación que permita al proyecto caminar independiente, sin partidismo y con la suficiente libertad para mandar a hacer mierda a quién sea merecedora de.
El miércoles pasado fui a ver “El clavel negro”, filme que recrea la acción humanitaria del embajador sueco Harold Edelstam quien, desde su trinchera diplomática, salvó del fusilamiento y ayudó a salir de Chile durante la represión pinochetista a cientos de personas. Una historia análoga a “La lista de Schindler”. Muy recomendable este filme tan desconocido.
Y el jueves fuimos a ver un títere infantil para celebrar “El Día de la Niña y el Niño”, “La gallina de los huevos de oro”, de compañía colombiana. Estuvo bien gracioso, gritamos y aplaudimos como lo niñas y niños que somos. Politizado. Sentí pavor cuando todas se pusieron en pie a cantar el himno de El Salvador mano en pecho. Y los infinitos somnolientos agradecimientos al Scotiabank, la Secretaría Nacional de la Familia y “Doña” Ana Ligia de Saca, la primera dama de la República, que debió estar muy ocupada para no poder acudir a su evento. Más allá, lo importante es que las niñas y niños presentes disfrutaron de su noche. Tanto los hijos de la chicha salvadoreña como las chicas y chicos de casas de acogida.
La mayor expresión cultural salvadoreña es la calle. Los semaforeros malabaristas, el Mago Barú, las “silviadas” a capella, las lecturas de poesía, los guitarreaos playeros, los murales universitarios, los bailes de viernes en la T, las iglesias monumentales, los conciertos, la selva, las conversaciones politiqueras que con personas como Henry se convierten en expresión artística, la Pilsener, las advinanzas de películas y palabras, la artesanía, los harapos, los calendarios de rostros para no olvidar, el rostro de Romero. Los besos y los abrazos.
El Salvador emana cultura.






Muchas gracias a todas por compartir este blog conmigo. ¿Les está gustando? Ya saben que me encanta queme haga todas las preguntas que deseen.
Se os quiere mucho.
Un abrazo,
eZel
Por: ezelche el Octubre 6, 2008
a las 10:20 am